el oasis de paz que sobrevive entre los rascacielos
Si alguien nos hubiera enseñado una fotografía del Templo Jing’an sin decirnos dónde estaba, probablemente habríamos pensado en alguna antigua ciudad imperial china, rodeada de montañas o jardines tradicionales.
Lo último que habríamos imaginado es que se encuentra en pleno corazón de Shanghái, una de las ciudades más modernas, futuristas y frenéticas del planeta.
Y sin embargo, ahí está.
Entre avenidas llenas de tráfico, centros comerciales gigantescos y torres de cristal que parecen sacadas del futuro, aparece de repente un templo budista de tejados dorados, madera oscura y aroma a incienso.
Como si perteneciera a otra época.
Como si el tiempo se hubiera detenido.
Y precisamente por eso, visitar el Templo Jing’an es una de las experiencias más especiales que se pueden vivir en Shanghái.
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Nombre: Templo Jing’an (静安寺)
Significado: Templo de la Paz y la Tranquilidad
Ubicación: Distrito Jing’an, Shanghái
Precio entrada: 50 yuanes
Horario: 7:00 – 17:00
Tiempo recomendado: 1-2 horas
Cómo llegar: Metro línea 2 o línea 7, estación Jing’an Temple
¿Merece la pena? Sí, absolutamente. Es uno de los templos más bonitos y auténticos de Shanghái.
Hay lugares que se recuerdan por su belleza.
Otros por su historia.
Y algunos por el contraste que generan.
El Templo Jing’an pertenece claramente a esta última categoría.
Nada más salir del metro nos encontramos rodeados por una de las zonas más modernas y comerciales de Shanghái. Pantallas LED gigantes, oficinas, centros comerciales de lujo y un tráfico constante de personas caminando en todas direcciones.
Y de repente…
Aparece el templo.
Los tejados dorados brillan entre los edificios de cristal como si estuvieran luchando por mantener viva la esencia de la vieja China.
Es imposible no detenerse unos segundos.
Incluso antes de entrar.
Porque pocas imágenes representan tan bien la China actual: tradición y modernidad conviviendo puerta con puerta.
Aunque muchos visitantes creen que se trata de un templo relativamente moderno por su excelente estado de conservación, sus orígenes se remontan al año 247 d.C.
Eso significa que fue construido hace casi 1.800 años.
Durante la dinastía Song, en el año 1216, el templo fue trasladado a su ubicación actual, donde ha permanecido desde entonces.
A lo largo de los siglos sobrevivió a incendios, guerras, invasiones y cambios políticos.
Pero probablemente su etapa más sorprendente llegó durante la Revolución Cultural China.
Durante aquellos años dejó de funcionar como templo budista y fue transformado en una fábrica de plásticos.
Sí.
Una fábrica.
Cuesta imaginarlo mientras recorres sus patios perfectamente cuidados y contemplas las esculturas budistas doradas.
Por suerte, en 1983 fue restaurado y recuperó su función religiosa.
Hoy vuelve a ser uno de los principales centros budistas de la ciudad.
Algo que nos sorprendió muchísimo fue la cantidad de población local que visitaba el templo.
Antes de llegar imaginábamos un lugar repleto de turistas.
La realidad fue completamente distinta.
Había visitantes, sí, pero la mayoría eran ciudadanos de Shanghái que acudían a rezar, realizar ofrendas o simplemente pasar un rato en silencio.
Eso cambia completamente la experiencia.
Porque no estás visitando un museo.
Estás entrando en un lugar vivo.
Un lugar que sigue formando parte del día a día de muchas personas.
Mientras caminábamos por los patios vimos familias enteras rezando, ancianos encendiendo incienso y monjes realizando sus tareas cotidianas.
Todo ello en un ambiente sorprendentemente tranquilo para encontrarse en una ciudad de más de 25 millones de habitantes.
Una de las cosas que más nos gustó fue recorrerlo sin prisas.
No es un templo enorme.
Pero sí está lleno de pequeños detalles.
Pequeños altares.
Salas secundarias.
Patios interiores.
Esculturas.
Linternas.
Quemadores de incienso.
Y rincones donde merece la pena detenerse unos minutos.
La combinación entre la madera oscura de teca y los tejados dorados resulta especialmente elegante.
Todo transmite sensación de armonía.
Y algo que también nos llamó la atención fue el estado impecable del recinto.
Todo estaba perfectamente cuidado.
Limpio.
Ordenado.
La gran protagonista del templo es su impresionante estatua de Buda realizada en bronce.
Con casi cuatro metros de altura, domina completamente la sala principal.
Su presencia es difícil de describir.
Incluso quienes no tienen ningún interés por el budismo suelen quedarse unos minutos observándola en silencio.
La combinación de luz tenue, incienso y cánticos crea una atmósfera realmente especial.
Otro de los elementos más destacados es la enorme campana de cobre de más de seis metros de altura y cinco toneladas de peso.
También merece atención el gigantesco tambor ceremonial elaborado con piel de vaca.
Son piezas que reflejan la importancia histórica y religiosa del complejo.
Pero si hay una zona donde vimos más sonrisas que rezos, fue en el patio central.
Allí se encuentra una especie de recipiente tradicional de bronce donde los visitantes intentan introducir monedas.
La tradición dice que si consigues meterla, tu deseo se cumplirá.
Parece fácil.
No lo es.
Nosotros lo intentamos varias veces hasta conseguirlo.
Y mientras tanto observábamos a grupos de chinos lanzando monedas una y otra vez entre risas.
Lo mejor era ver las trayectorias imposibles de algunas monedas.
Había que permanecer atento porque más de una salía rebotada en direcciones imprevisibles.
Nunca pensamos que un templo budista pudiera incluir un minijuego tan entretenido.
Llegar es muy sencillo gracias al excelente metro de Shanghái. Solo tienes que bajarte en la estación Jing’an Temple (líneas 2 y 7), cuya salida conecta prácticamente con la entrada del recinto.
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Una de las ventajas de visitarlo es que se encuentra en una ubicación excelente.
Nanjing West Road
La calle Nanjing West Road es la avenida más famosa y loca de Shanghái, llena de luces y carteles enormes. Está siempre a tope de gente, tiendas gigantes y centros comerciales de lujo. Es perfecta para ir de compras, comer algo rápido o simplemente para ver el bullicio y las luces por la noche. Si te gusta el rollo ciudad grande y sin parar, esto te va a encantar.
Plaza del Pueblo
La Plaza del Pueblo es el corazón de Shanghái, un sitio enorme y abierto donde siempre hay mucha gente. Está rodeada de edificios importantes como el museo, el teatro y la alcaldía. Es un buen lugar para sentarte en el césped y relajarte un rato. Los fines de semana se llena de familias volando cometas y es muy animada.
Calle Yuyuan
La calle Yuyuan es una calle súper bonita y tranquila, llena de árboles grandes que dan sombra. Está llena de casas viejitas y bonitas de antes, pero ahora muchas son cafeterías o tiendas chulas. Es perfecta para caminar sin prisas, charlar y tomarte un café. Si quieres escapar del ruido y sentir el ambiente auténtico de Shanghái, es el lugar ideal.
Antigua Concesión francesa
La Antigua Concesión francesa es una zona súper bonita y tranquila, con calles llenas de árboles y casitas bajas con encanto. No esperes algo súper turístico, es más bien para perderse y descubrir cafeterías escondidas, tiendas raras y edificios viejos con historia. Es el lugar perfecto para pasear sin rumbo, tomarte un café y sentirte como en una peli antigua de Shanghái. Si te gusta el rollo relajado y con ambiente europeo, este es tu sitio.
Si solo pudiéramos recomendar un templo para visitar en Shanghái, probablemente sería este.
No necesariamente porque sea el más grande.
Ni el más famoso.
Sino porque resume perfectamente la esencia de la ciudad.
Una ciudad que mira constantemente al futuro pero que todavía conserva rincones capaces de transportarte siglos atrás.
El Templo Jing’an demuestra que la tradición sigue teniendo un lugar en medio de una de las metrópolis más modernas del mundo.
Y eso es precisamente lo que lo hace tan especial.
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