El corazón místico de Hong Kong donde los Deseos se Vuelven Realidad.
Cerramos los ojos. El incienso nos nubla la vista. El sonido de los palitos de bambú chocando contra la madera resuena en nuestros oídos. Estamos en el templo más auténtico de Kowloon, y no hay un solo turista a nuestro alrededor.
Hay dos Hong Kong. El de los rascacielos de neón, las prisas en el MTR y las compras en Tsim Sha Tsui. Y el otro. El que late en los callejones, en los mercados húmedos y, sobre todo, en los templos donde la gente va a pedirle a los dioses que les echen una mano. El Templo Wong Tai Sin pertenece a este segundo. Y es, posiblemente, el mejor sitio de toda la ciudad para observar la espiritualidad callejera de los hongkoneses.
Cuando nosotros llegamos, no sabíamos muy bien qué esperar. Lo habíamos visto en fotos: tejados verdes, mucho rojo, incienso. Pero nada nos preparó para la energía del lugar. Aquí no hay postureo. La gente viene a lo que viene: a pedir, a agradecer y a intentar descifrar su futuro.
Vale, el MTR de Hong Kong es una pasada. Rápido, limpio y puntual. Toma la línea verde (Kwun Tong Line) hasta la estación que se llama igual que el templo: Wong Tai Sin. Busca la salida B2. Sales del metro, cruzas la calle… y zas. Te topas de bruces con la puerta principal. Es así de fácil. No hace falta taxi ni autobús.
Es curioso, porque mientras bajas las escaleras del metro ves a gente con traje y corbata, y al salir, ves ancianas con varitas de incienso. Ese contraste es la esencia de Hong Kong.
La primera vez que cruzas la puerta principal, el impacto es olfativo. El incienso. No es un perfume suave. Es denso, espeso, casi te empapa la ropa. La nube de humo gris se eleva desde los enormes quemadores, rodeando las estatuas de los dioses como si fueran niebla mística. Es un olor que, si te gusta viajar de verdad, se te queda grabado en la memoria para siempre.
Visualmente, es un caos organizado. Ves a un señor mayor arrodillado con tres varitas de incienso en la mano, moviéndolas en círculo mientras susurra una plegaria. A tu izquierda, una familia entera ha traído una bandeja con frutas y pasteles para ofrecerle al dios de la riqueza. Y al fondo, una cola de gente esperando para el ritual de adivinación.
No es un museo. Es un lugar vivo. Y eso se nota.
Aquí viene el dato que te hará quedar como un experto. El templo no está dedicado a Buda, ni a un dios genérico. Está dedicado a Wong Tai Sin, un pastorcillo del siglo IV que, según cuenta la leyenda, se fue a vivir a una cueva para meditar y alcanzó la inmortalidad.
La leyenda dice que este monje tenía poderes curativos y que podía «conceder todos los deseos». De ahí que su retrato (que está en el altar principal) atraiga a tanta gente desesperada por un milagro. Lo curioso es que, como no pertenece a una única religión, todo el mundo se siente bienvenido. Aquí no hay fronteras entre taoístas, budistas o confucianos; todos rezan al mismo señor.
No te limites a hacer fotos y largarte. Participa. Esta es la parte que más mola.
Esto es lo más auténtico del templo. Busca el cilindro de bambú lleno de palitos rojos. Es gratis.
El ritual: Arrodíllate (o ponte de pie) frente al altar, piensa en tu pregunta (¿encontraré trabajo? ¿me irá bien en este viaje?) y agita el cilindro hasta que uno de los palitos caiga al suelo.
El número: Mira el número grabado en el palito. Luego, o buscas el papel con la interpretación en la pared, o (y esto es lo guay) pagas unos pocos dólares a uno de los ancianos que hay en la entrada para que te lo explique.
Yo pregunté si mi vuelo iba a sufrir retrasos (viajar en Asia te vuelve supersticioso) y el adivino, con una sonrisa pícara, me dijo que todo iría bien. Y así fue. ¿Casualidad? Quizás. Pero es una experiencia que no olvidarás.
Al fondo del templo hay un jardín chino de ensueño, con estanques llenos de carpas koi y puentes de piedra. Busca los árboles que están llenos de papelitos rojos. Esa es la zona de los deseos. Puedes comprar uno (cuestan céntimos), escribir tu deseo y atarlo a una rama. La tradición dice que si lo atas bien alto, el dios lo verá mejor.
Ver cientos de papeles rojos meciéndose con el viento, con palabras escritas en chino e inglés, es una de las estampas más bonitas del barrio.
El templo está construido siguiendo el Feng Shui al pie de la letra. Cada edificio representa un elemento: Metal, Madera, Agua, Fuego y Tierra. Si te fijas en la disposición, verás que todo está pensado para que la energía (el Chi) fluya en círculo.
El contraste urbano: Haz una foto desde la entrada principal en horizontal, donde se vea el templo con los rascacielos de hormigón al fondo. Es la foto que define Hong Kong.
El humo del incienso: Sitúate de lado a los quemadores y saca una foto en vertical. La luz atravesando el humo da un efecto místico brutal.
El Muro de los Dragones: Es una réplica del de Pekín. Un fondo súper colorido para un retrato.
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Si te alojas en Kowloon (Tsim Sha Tsui o Mong Kok), estarás a un paso de Wong Tai Sin. Busca en nuestra web los hoteles con mejor relación calidad-precio.
Ir con chanclas o shorts demasiado cortos: Aunque no es una mezquita, es un lugar de culto. Un poco de respeto, que la gente está rezando.
Tocar las estatuas o los altares: Está feo y te van a mirar mal. Mira con los ojos, no con las manos.
Ir a mediodía: El sol aprieta y el templo se llena de grupos. Ve a primera hora (abren a las 7:30) o al atardecer.
Aprovecha que estás en Kowloon y combina la visita. Toma el MTR una parada (hasta Diamond Hill) y visita el Monasterio de Chi Lin (un monasterio budista construido ENTERAMENTE en madera sin usar un solo clavo) y el Jardín Nan Lian, que es una de las zonas verdes más bonitas de la ciudad. Son dos sitios que te van a flipar y que están a tiro de piedra.
¿Cuánto cuesta la entrada al Templo?
Cero patatero. Es gratis.
¿Puedo hacer la adivinación si no hablo chino?
Sí. Los adivinos te pueden leer el palito en inglés sin problemas. Si no, hay un papel con las traducciones.
¿Cuánto tiempo se tarda?
Con una horita tienes para ver el templo, hacer el ritual y pasear por el jardín.
¿Merece la pena?
Si quieres ver un sitio turístico, vete al Big Buddha. Si quieres ver la Hong Kong real, esta es tu parada.
Cuando salimos del Templo Wong Tai Sin, con el olor a incienso pegado a la ropa, nos sentamos en un banco a ver pasar a la gente. Un señor mayor se acercó a nosotros y, señalando el templo, nos dijo en un inglés cortado: «Aquí, todo el mundo viene con problemas. Pero cuando salen, sonríen. Esa es la magia.»
Y tenía razón. No sabemos si se cumplirá el deseo que pedimos agitando los palitos. Pero lo que sí sabemos es que ese momento de quietud, en medio de la ciudad más frenética del mundo, nos regaló paz. Y eso, para un viajero, ya es un milagro.
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